Los días siguen su rumbo, van rápido y no se detienen. Por eso es necesario hacer un alto, detenerse y reflexionar, sobretodo vivir y sentir con lo que la Iglesia nos propone.
En el tiempo de Pascua la liturgia nos ofrece muchos textos sobre la Resurrección, uno de estos es el relato de los dos discípulos que caminaban con el rostro triste, desconcertados porque las cosas no habían salido como ellos pensaban.
Estos hombres habían dejado todo para seguir a Jesús con sus amigos, habían descubierto una nueva realidad, en la que el perdón y el amor ya no eran sólo palabras. Jesús de Nazaret lo había hecho todo nuevo, había transformado su vida. Pero ahora estaba muerto y parecía que todo había acabado.
En la vida de estos discípulos las esperanzas están defraudadas, todo está perdido. Están desanimados porque las cosas no salieron como esperaban, y en medio de esta tristeza es imposible reconocer la presencia de Dios. Pero aún así, Jesús camina con ellos, les explica con paciencia las Escrituras y les hace sentir el ardor de su corazón. Los dos se dejan encontrar por Dios. Él, vivo y verdadero, siempre está presente en medio de nosotros; camina con nosotros para guiar nuestra vida, para abrirnos los ojos.
Cuando empieza a oscurecer Jesús «simula que va a seguir caminando», pero luego se queda porque se lo piden con insistencia: «Quédate con nosotros». Lo mismo tenemos que hacer nosotros, siempre de nuevo, con insistencia: ¡Quédate con nosotros! ¡Ya es tarde! ¡Ya se acerca la noche!
Después de reconocer a este forastero, renace en ellos el entusiasmo de la fe. Han encontrado en medio del dolor, la verdadera esperanza. El Maestro ha resucitado y con él toda la vida resurge; el corazón triste y defraudado es ahora el corazón que arde y quiere contagiar a los demás.
